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Llaves

Al “Gringo”
Domingo Ricardo De Luca
En memoria


Todas las estrellas del universo
cabalgaban en su mansa moto…
Como un caballo de baraja española.
A cuestas: un gran bolso con camisetas y prendas
Y un inmenso llavero.

Portón de entrada, vestuario, túneles, utilería
Depósitos deportivos y baños…
Llaves, llaves y más llaves.

En ese manojo
habría una especial, de celestiales tareas
e ignorada cerradura alguna

Un día tuvo la visión que su Estadio
era un jardín de azahares con estrellas
soldadas al pecho de jugadores de fútbol
y -con la misma- entraban en las entrañas
de las áreas rivales y metían goles

Su percepción fue terca y latente
al mismo tiempo que su corazón
se le apedreaba y su mirada
se quedaba sin horizontes.

Eran solo espasmos que tienen las almas
en sus viajes de una vida a otras.

El caballo de la mansa moto, jamás supo
que esa llave soñada tenía destino.

Abriría la puerta
de su propio cielo.

Llaves, llaves y más llaves.

Vicente Osvaldo Martín
de su libro “Poeta en fuga”


La familia
Domingo Ricardo De Luca (Cuete) nació en Olavarría el 10 de junio de 1931 y falleció en nuestra ciudad el 28 de marzo de 2008, a los 76 años.
Hijo de Luis De Luca, inmigrante italiano, constructor, proveniente de Villa Potenza.
Se casó el 26 de mayo de 1956 con Olga Adelma Torres, y del matrimonio nacieron Alicia María (09-03-58), Ricardo Luis (21-04-66) y Gustavo Javier (18-02-68), que le dieron tres nietos: María Florencia, Franco y Diego.
Le faltaron apenas 18 meses para conocer a su bisnieto (¡¡¡quién lo hubiera aguantado!!!) ya que el amor que sentía por Florencia (futura mamá) era comparable solamente al amor que sentía por Racing.

Su compañera
Contrariamente a sus sentimientos (chaira y bostero), Olga es de El Fortín y de Racing de Avellaneda.
Claro que no fueron obstáculos para una mágica convivencia “yo lo entendí siempre, tal vez en algún momento renegué, pero el club era su vida, y además para él siempre todo estaba bien, jamás se quejó por la ropa, la comida, por nada”.
“Solo que cuando Racing perdía era otro clima, era comprensible y yo ya estaba acostumbrada”.
“Lo conocí en los bailes de Ferro y era un gran bailarín, disfrutaba bailando”.
“Me tocaron las peores, doce años lavé las camisetas de Racing, y cuando pude disfrutar de lo mejor que hubo en el club, el Festival de Tango 1967, no pude concurrir por estar embarazada de Gustavo, aunque claro, el Gringo iba a estar trabajando en la cantina”, evoca Olga con una sonrisa.

La honestidad
Nadie nunca pudo sacarle nada de su sacrosanto templo: la utilería.
Su hijo Ricardo (Tato) cuenta que jamás pudo tener una camiseta de Racing.
“Cuidaba más las pilchas de Racing que cualquier cosa suya” cuenta Tato, vinculado a la mejor época del voleibol chaira, tanto en femenino como en masculino.

El orden
Condición sine qua non para desempeñar la tarea que cumplía. Pero así era en su vida privada. Alicia cuenta que dejó todo preparado, hasta el recibo de la última cuota que le restaba pagar de la moto.
“Hacía bastante tiempo que me había pedido que cuando muriera lo envuelva en la bandera de Racing. Cuando abrí una caja y encontré la bandera y la camiseta lista, me quise morir.”

La bandera
“Dios no encontraba los botines” expresó en una bandera azul y blanca Mario Bosio. Apareció en el primer partido que jugó Racing después de su muerte y era el homenaje espontáneo de un chaira y el sentimiento de todo un estadio para el más caracterizado hincha de Racing de todos los tiempos.

Pasó por todas
Lo golpearon para sacarle un equipo, se quemó la cara secando camisetas, vivió el caso Domínguez (jugador de inferiores fallecido) y debió declarar, fue DT en Sierras Bayas ante San Martín, cuando Vicente Martín estuvo suspendido, trabajó en el kiosco de chapa del balneario, trabajó en la confitería de la pileta, fue utilero de básquetbol, tuvo a su cargo la vajilla del Montanucci, en Loma Negra lo acusaron de hacerse un puchero con una gallina, se disfrazó de Topo Gigio en una celebración, estuvo en la comisión de fiestas que trajo a Sandro y a tantos artistas……
Si no estaba en el trabajo, estaba en Racing.
Llegó al club con Raúl Moriones en 1958…estuvo nada menos que medio siglo.

Muy humano y solidario
El costado que más afloraba era el de cascarrabias, le saltaba la “tanada”.
Pero quienes bien lo conocieron saben de su espíritu humano y solidario. Visitaba a los chicos, a los jugadores, colaboraba con el Hogar de Niños por su cercanía, siempre pensaba en los que menos tenían. Fue un gran padre que supo inculcarles mucho amor a sus hijos.
Cada Navidad y Año Nuevo llamaba a sus amigos. Vicente Martín fue uno de los mejores y constituyeron una dupla inolvidable, que llenó de copas las vitrinas de Racing entre 1967 y 1975.

Gustavo Burgart